Soy corto de edad y de nombre, pero no de ideas. Me llamo Juan y tengo siete años. Estoy en segundo y en la universidad quiero estudiar medicina veterinaria o astronomía; ¡yo sé que muchos niños quieren lo mismo!, pero, créanme, lo mío es en serio, porque soy corto de edad y de nombre, pero no de ideas. Hablemos de mi nombre: tiene cuatro letras en una sílaba —lo sé porque el año pasado aprendí a leer—, viene del hebreo y significa Dios se ha apiadado —mi mamá me lo dice todo el tiempo, a ella le encanta Dios—. Cuando me di cuenta de que en el salón tenía compañeros que se llaman Esneider, Yeinar u Oliver, supe por qué Dios se había apiadado de mí. Mi papá dice que las cosas y las ideas simples suelen ser las más elegantes, como «Juan». Yo, la verdad, no creo que un niño de siete años pueda ser muy elegante —ni quiera serlo—; pero, al menos, tengo por dónde empezar. Cuando crezca, seré «don Juan», aunque mi mamá me regañe cuando digo eso.
Bueno, les estoy escribiendo porque tengo un problema.
En clase de matemáticas, estamos aprendiendo sobre la geometría, y la profesora Pilar nos pidió que lleváramos un compás. Yo no sabía qué era eso, entonces le pregunté a mi papá. Él me contó que era un instrumento para hacer círculos, y fuimos a la papelería a comprar uno muy bonito, azul oscuro —mi color superfavorito—. Mi mamá siempre me dice que tengo que compartir con mis compañeros, que no puedo ser egoísta. ¡Pero es que ellos no cuidan nada! Les prestaba el borrador blanquito blanquito y me lo devolvían muy gastado y mugroso. Por eso decidí prestarle las cosas solo a Martín, mi gran amigo, que es igual de ordenado y juicioso que yo.
Hoy vine al colegio y traje mi compás. Aprendimos a hacer círculos de todos los tamaños y que la línea que uno hace es la circunferencia y todo lo de adentro, el círculo. A mí me gusta más el círculo, porque es lo que uno se come en los pandequesos, en las donas y en las galletas —si uno lo piensa bien, uno se come también la circunferencia; pero esa no llena—. En la clase, un compañero, Gustavo, me pidió prestado el compás; yo me hice el que lo estaba usando muchísimo y le dije que apenas acabara. El timbre ya estaba que sonaba y yo pensé que podía hacerme el bobo hasta entonces. Gustavo me dijo que yo tan bobo tan amarrado, que tranquilo, que él se conseguía uno con alguien más. Yo me sentí mal y bien: mal porque le estaba desobedeciendo a mi mamá y bien porque mi compás iba a seguir buenecito. Como yo estaba haciendo un dibujo del Sol, lo tenía que pintar muy fuerte. Y al lápiz amarillo se le acabó muy rápido la punta; por eso tuve que ir a la papelera para no ensuciar el piso con la basurita que salía del tajalápices. Cuando volví al puesto, mi compás ya no estaba sobre el pupitre. Yo creo que fueron Gustavo y sus compañeritos, pero no sé qué hacer: si le digo a la profe, me cogen más bronca, y yo estoy muy joven para tener enemigos; si no, el compás no aparece… He pensado en pedirle perdón a Gustavo, decirle que no debí haber sido egoísta; pero no sé qué pensar: no sé si lo tomaría bien o pensaría que solo lo hago por recuperar mi compás y pondría al resto del salón en contra de mí.
Nunca antes había querido que no sonara el timbre para el recreo. Si llego a la casa sin mi compás azulito oscuro, mis papás me van a regañar y a castigar. Puede que en verdad no lo hagan y que sea solo una idea que tengo de ellos. Pero yo, Juan, corto de edad y de nombre, pero no de ideas, no me puedo arriesgar. Tengo muchas ganas de llorar. Necesito dejar de hacer cirulos con el pensamiento. Necesito que me ayuden. Antes de que suene el timbre.